Las palabras introductorias del profesor Parra Celaya fueron magistrales, pues glosó, con rigurosa carga intelectual y también muy emotiva, los aspectos que traía subrayados del mismo, previamente leído (algunos de cuyos fragmentos cito después de las fotografía, como una nueva y valiosa OPINIÓN sobre "España, vieja patria").
Tuve la suerte de que asistieran unos amigos, vecinos de Cataluña, muy relacionados con Ardales y seguidores de mi obra, como Francisco Real, su esposa, la catalana Mari Cinta, y Manuel García.
Fue para mí un gran honor conocer en persona, y firmarle los dos ejemplares que adquirió, a mi admirado Francisco Caballero Leonarte, graduado social, en estudios sindicales y en cooperativismo, de quien leí lúcidas publicaciones desde el año 1975; es decir, que he podido estrechar por primera vez su mano 41 años después de conocer su obra.
Después de la charla, Manuel Parra, junto con su esposa, también profesora, nos sirvió a mi familia, a mis amigos y a mí de guía de lujo por el "Barri Gòtic" de la capital catalana.
Fotografías: departiendo con Caballero Leonarte; intervenciones del profesor Parra Celaya y mía; parte del público asistente durante la charla y después de la misma; firma de ejemplares al citado Francisco Caballero.
Fragmentos de la intervención del profesor Manuel Parra Celaya:
“Francisco Ortiz Lozano nos ofrece a los
catalanes y a todos los españoles una joya en forma de libro: ‘España vieja patria’, donde se puede
observar, no solo su fecunda labor como historiador, sino ese amor y ese dolor
de España del que os hablaba (...).
Se trata de un libro incómodo para la corrección
política nacionalista o entreguista (...); rechazado por alguna distribuidora
(...) por tener “un título y una portada agresivas”; agresivo citar a España
como patria y que se haga ostentación de los colores de la senyera o senyal
reial que Jaime I concedió en 1239 a Daroca, junto con el denario de plata con
la alegoría de Hispania del emperador Adriano; me imagino que también ha sido
considerado políticamente incorrecto que, en la contraportada, nos observe un
toro de Miura, símbolo ancestral de España y de la propia Europa (...).
He señalado varias veces que el llamado problema
catalán no es más que una manifestación concreta del problema de España, del que solo voy a referirme ahora a ese cuestionamiento
del ser de España, que llega hasta su deconstrucción actual (...).
Ya desde la redacción de la actual Constitución,
se advirtieron los titubeos, los miedos, las cobardías, que motivaron la
excelente exégesis de Julián Marías, que se recoge en el libro (pág. 27) (...).
También sucede este cuestionamiento en el mundo
del pensamiento, desde antiguo, hasta el punto de que existe un debate
inimaginable en otras naciones europeas, como también podemos observar en las
páginas de este libro (págs. 10-11-12) (...).
Y, sobre todo y más tristemente, este
cuestionamiento tiene lugar entre los españolitos de a pie, a quienes se les ha hurtado nuestra propia
historia desde las aulas escolares, con la ocultación, desprestigio
(supuesta desmitificación), tergiversación, manipulación y visiones sesgadas y
localistas; esto último, especialmente, desde que a los políticos de la Transición
se les ocurriera entregar la educación a las comunidades autónomas (...). Así,
los niños y jóvenes –y una gran parte del pueblo español- son completamente analfabetos
en historia. Y los mayores, muchos de nosotros acaso, la hemos olvidado...
Vemos, por ejemplo, que la España visigótica no
existe, sencillamente, en los libros de texto escolares; en este libro, nuestro
autor le dedica un capítulo completo, el once, con más de cien páginas
dedicadas a estudiar este crucial momento de la historia (...).
O el antiguo mito de la época de oscuridad que
representó la Edad Media, prontamente rebatido por Francisco Ortiz; o el
interesado olvido del papel del catolicismo en la persistencia de la unidad y
de la razón de ser de España (...).
Todo ello y mucho más lo encontraremos en las
páginas del libro que presentamos ahora, que no es, por supuesto, un libro
escolar, sino una imprescindible obra de consulta, producto de una labor de
investigación de muchos años, a partir
de las fuentes originales: cada afirmación viene sustentada, a pie de
página, por el documento correspondiente.
Por supuesto, que nadie espere encontrar un
enfoque de exaltación patriotera, a la manera del supuesto nacionalismo español
decimonónico, tan contrario a la propia esencia española. Si Ortiz derriba los
mitos secesionistas de forma documentada, también lo hace con las visiones que
han puesto un españolismo folclórico por encima de la españolidad. Se reafirma en sus páginas aquella certera aseveración
joseantoniana de que la palabra España siempre tendrá mayor significación que
la frase ´nación española´, y, de este modo, comprobaremos, por seguir con los
ejemplos, que España (Hispania, Espanna) fue, durante los ocho siglos de la reconquista,
además de un lógico referente geográfico para propios y ajenos, un recuerdo
dolorido, el de la unidad perdida, y un proyecto, el de la recuperatio Hispaniae (pág. 473), presente siempre en medio de las
luchas civiles, de las disputas entre reinos cristianos y entre las ambiciones
y miserias humanas.
Entre los muchos puntos de interés que encierra
esta historia de la España antigua y medieval, os encarezco la atención de los
siguientes: las numerosísimas referencias al concepto político de España que se
contienen en códices y crónicas medievales (...); todos ellos coincidentes en
la existencia de una España, que unos consideran perdida y recuperable (...); la
coincidencia de todos los reinos cristianos en considerarse españoles, en los
balbucientes dialectos románicos que se llamarían después castellano y catalán (en
este aspecto, no he podido evitar un cierto escalofrío al leer el documento que
se refiere a la batalla a la batalla de las Navas de Tolosa, en 1212: “Apartóse
con los de Aragón et portugaleses et gallegos et asturianos, et díxoles así el
rey don Alfonso: ‘Amigos, todos somos espannoles; et entráronnos los moros la
tierra por fuerça’”); el absurdo histórico de la secesión de Portugal (al que
Salvador de Madariaga, por cierto, llamaría con todo respeto error de la
historia); las consecuencias de la división entre reinos y condados españoles y
sus luchas intestinas (repetido tristemente en nuestra historia); la
españolidad de la Marca Hispánica, frente a los absurdos históricos de
invención reciente; la lista maravillosa de uniones de reinos (Castilla y León,
1230, Aragón y Cataluña, 1164), hasta culminar con la recuperación de la unidad
bajo los Reyes Católicos, por las buenas o por las malas... Se recogen,
brevemente, el testamento de Isabel la Católica, el consejo de matrimonios
mixtos en América, la españolidad constante de los vascos, la reivindicación de
España por intelectuales o el rechazo del supuesto genocidio americano.
Un epílogo nos introduce en los siglos XVI y
XVII; solo nos introduce, para desesperación de este apasionado lector y con
súplica al autor de que continúe su labor histórica en otras obras posteriores;
el título de este epílogo no puede ser más sugerente: Y los últimos siglos:
unidad e hispanidad
Finalmente, no puedo dejar de mencionar otra complicidad
de Francisco Ortiz con todos nosotros: la que encontraréis en el último y breve
capítulo de Addenda, con el título de Catalonia is Spain, con diferentes
artículos del autor sobre nuestra tierra (...) hasta el titulado Cataluña es
mía: quisiera haber tenido delante a Francisco Ortiz Lozano en el momento en
que lo leí por primera vez para darle un abrazo, que, por fin, puedo darle
personalmente en nombre de todos vosotros. Muchas gracias”.
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