jueves, 5 de marzo de 2026

Comentarios de Mari Carmen Escalante y Juan Calderón Guerrero sobre "Debajo del limonero"

 Comentarios sobre "Debajo del limonero"

nº 7

(Los puntos suspensivos son para no desvelar momentos cruciales de la novela)


Mari Carmen Escalante Bueno (Málaga)

«Hace unos días que leí la novela “Debajo del limonero” y me ha gustado bastante. Es de los libros que una vez que empiezas estás deseando saber cómo acaba la historia. Me ha sorprendido mucho el final. No creía que (...), pero el Amor verdadero puede con todo.

El autor nos hace disfrutar con una bonita historia de amor ambientada en los 80.

Para aquéllos que hemos nacido en los 60, nos evoca nuestro tiempo de juventud, con situaciones muy parecidas a las por nosotros vividas.

La trama empieza en 1983 y te hace viajar hasta veinticuatro años después, por lo que el desarrollo del crecimiento de ambos protagonistas es inquietante y sorprendente.

Hace un bonito llamamiento a lo que significa la amistad en la vida de cada uno.

El autor introduce poemas que enriquecen la historia de los protagonistas.

Leyendo la novela, el título no podía ser otro que “Debajo del limonero”.

La novela engancha de principio a fin. No querrás parar de leerla hasta averiguar el final de la historia, que me ha parecido inesperado.

Muy fácil y ameno de leer, ya que el escritor utiliza textos sencillos y de fácil comprensión.

Gracias a él por deleitarnos con esta bonita historia de amor y por haber hecho que tenga un final (...).

¡Lo recomiendo encarecidamente!»


Juan Antonio Calderón Guerrero (Blanes, Gerona)

«Cuando llevaba 50 páginas leídas, estaba ansioso por buscar posibles correspondencias entre personajes y personas reales. Cuando haya terminado de leerla, la volveré a empezar para atar bien algunos cabos, porque este relato esconde muchos secretos.

Las féminas, por muy ficticias que sean, no dejan de estar definidas como muy reales.

Ya me he echado algunas risas con las frases típicas del pueblo de Ardales y con esas conversaciones tan auténticas, que ya se nos estaban olvidando. Por ejemplo, ahora que voy por el centro comercial, aquí en Cataluña, tengo “la vista más repartía que un gato en una matanza”, como le ocurría a los de la pandilla de la novela cuando paseaban por el Alarde y se encontraban en la terraza Los Chinitos.

La verdad es que su lectura es emocionante.

El del diario lógicamente es el autor y el del grupo de música que compone sus propias canciones también está claro.

Para mí esta novela puede que sea más interesante que para otros lectores de otros lugares y de otro tiempo, pues yo fui condimento de aquellas salsas, un condimento apreciable en tu bonita novela. Por allí anduve en los últimos coletazos de nuestra búsqueda de la belleza y de las bellas, que solían ser menores que nosotros, pero es que, aun siendo nosotros mayores en edad, en realidad éramos menores que ellas en madurez; más bien en pañales en cuanto a experiencias amorosas.

Ay Rochari y Pepa, qué admirables protagonistas secundarias...

Seguiré la trama y luego la releeré, que me lo estoy pasando y me lo seguiré pasando genial.

Qué tiempos más bonitos, amigo. Por ejemplo, yo me he visto reflejado, paseando con una chica similar a las de la novela, por el arroyo de (...), cerca de (...), con el corazón palpitando, entre las flores de unas adelfas.

Después de escribir lo anterior, he estado unos días ocupado con el trabajo, he retomado la lectura de la novela. ¡Precioso el capítulo de la fiesta de despedida de la protagonista! ¡Me ha llegado! ¿Quien no vivió de joven situaciones parecidas?

Has clavado el ambiente juvenil de los pubs, las conversaciones, las pandillas... Yo soy un trabajador sin estudios, reflejado en tu novela como uno de los más mulos de los chavales: cuando yo estaba en el pueblo, cogiendo almendras, garbanzos y aceitunas; y luego cuarenta años aquí en Cataluña de currante; pero qué pena de los jóvenes que no saben de dónde vienen ni a dónde van, que se ven vacíos».


Ilustración: "La princesa Perdita", de pelo cobrizo y diadema de flores, por Anthony Frederick Augustus Sandys, año 1866.



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